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7 Octubre 2016

Uso de cobre para el control de la bacteriosis del kiwi (PSA)

Ana María Prado B., Ingeniero Agrónomo, Gerente Técnico Agrospec
Paulina Sepúlveda R., Ingeniero Agrónomo, MSc, INIA La Platina
Sylvana Soto A., Ingeniero Agrónomo, Dra., INIA La Platina

El uso de cobre en kiwi es una herramienta fundamental para el control preventivo de la PSA. Por esto, es importante entender cómo funcionan los cobres de uso agrícola para hacer un correcto y racional uso de ellos.

PSA en kiwi

La bacteria responsable de la bacteriosis del kiwi (Pseudomonas syringae pv. actinidiae, PSA), como muchas otras bacterias, es sensible a la intoxicación por iones de cobre libre. Por esto, un adecuado programa de aplicaciones de productos cúpricos permitirá mantener esta enfermedad bajo control. Este hecho es ampliamente conocido por los productores. Sin embargo, existen varios conceptos relacionados con el uso de cobre que es importante aclarar para optimizar su uso y lograr mejores resultados.
Lo primero que hay que recordar es que los productos en base a cobre que se utilizan en la agricultura -llamados cobres invernales o cobres particulados- como el oxicloruro de cobre, óxido cuproso, hidróxido de cobre y caldo bordelés, son sales insolubles de cobre. Cuando estos productos se aplican sobre kiwis, en receso o con tejido verde, o sobre cualquier otro cultivo, quedan partículas sólidas de cobre que, una vez que la aplicación se ha secado, no tienen mayor acción bactericida (Figura 1a). Sin embargo, cuando exista presencia de agua proveniente del rocío, la lluvia, exudados de la planta, etc., estas partículas serán capaces de solubilizar pequeñas cantidad de cobre (Figura 1b). Esto porque, si bien son sales “insolubles”, en realidad pueden llegar a solubilizar cantidades mínimas, del orden de 1-5 mg/litro de agua, lo que es suficiente para intoxicar a las bacterias como la PSA. Esta liberación de cobre es, bajo condiciones normales, muy controlada ya que está limitada por esta bajísima solubilidad, por lo que no es posible tener más cobre soluble (y activo) que lo que dictan las propiedades químicas de cada ingrediente activo. Esto es muy importante, ya que los iones cobre a concentraciones altas pueden ser fitotóxicos, que es lo que ocurre cuando la solubilidad se incrementa, por ejemplo, al acidificar los caldos de aplicación por mezclas inadecuadas. Nótese que estas concentraciones altas de iones cobre se dan más por un aumento en la solubilidad asociado al pH del caldo, que por aumento en la concentración de cobre metálico aplicada.

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Así, cuando existe cobre soluble libre en el medio, los hongos y bacterias absorben estos iones, que una vez dentro de las células podrán unirse a varios grupos químicos (por ejemplo, imidazoles, fosfatos, sulfhidrilos, hidroxilos, etc.) presentes en proteínas enzimáticas alterando su funcionalidad, lo que resulta en diversos daños celulares, incluida la alteración en la funcionalidad de las membranas celulares (Husak, 2015). En las clasificaciones de modo de acción de los bactericidas, todos los cobres están incluidos en el mismo grupo, y se les destaca por su acción multisitio y por su bajo riesgo de desarrollar resistencia. Este mecanismo de acción es válido para todas las sales de cobre, solubles o no. Es decir, siempre que se use cobre para controlar esta enfermedad, las bacterias se intoxicarán por los iones de cobre libre. En la práctica, esto implica que no es posible considerar la alternancia de activos cúpricos como un manejo anti-resistencia.

Cobre metálico y cobres solubles

Antes de continuar, vale la pena aclarar algunos conceptos que a veces tienden a confundirse.
El cobre metálico hace referencia a la cantidad de cobre que tiene un producto, un activo o incluso la cantidad de este metal que se aplica a una superficie. No se debe confundir este valor, con la cantidad de ingrediente activo que tiene una formulación. Por ejemplo, un producto formulado con hidróxido de cobre puede tener un 77% de hidróxido de cobre (Cu(OH)2) y un 50% de cobre metálico. Esto, porque en cada molécula de hidróxido de cobre, un 65,1% corresponde a cobre y el resto (34,9%) a hidrógeno y oxígeno. Así, si multiplicamos un 65,1% de cobre por el 77% de activo, nos da que el producto formulado tiene un 50% de cobre.

Usar el valor de cobre metálico de cada producto es muy útil para comparar dosis e incluso costos de productos cúpricos que tienen diferentes activos y por lo tanto distintos porcentajes de cobre. Esta comparación es totalmente válida para las sales insolubles de cobre, especialmente considerando que no existen mayores diferencias cualitativas en el cobre aportado por los distintos activos (oxicloruro de cobre, óxido cuproso, hidróxido de cobre, sulfatos básico de cobre y caldo bordelés).

Es importante aclarar que este concepto de cobre metálico no tendrá utilidad si se quiere comparar un cobre partículado con los llamados “sulfatos de cobre pentahidratados”. Al usar uno de este último tipo, no se aplica una partícula que va a liberar cobre lentamente, sino una solución que ya contiene el cobre soluble. Por esto, a pesar de los bajos contenidos de cobre, pueden ejercer un adecuado control. Sin embargo, la persistencia no es comparable con un cobre particulado, que continuará liberando cobre por semanas. No obstante, los cobres solubles pueden ser muy útiles en condiciones en que el uso de cobres particulados presente alguna restricción, especialmente por temas de selectividad.

Por último, el hecho de que los sulfatos de cobre pentahidratados sean solubles y puedan ingresar a la planta, tiene una implicancia nutricional más que fitosanitaria. Cuando los cultivos tengan deficiencias del cobre, situación más común en otros países que en Chile, el aporte de cobre permitirá obtener mejoras productivas. Desde el punto de vista del control de enfermedades, los cobres sólo serán útiles al estar protegiendo preventiva y externamente los distintos órganos de las plantas.

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Efecto residual e intervalos de aplicación de los cobres

El proceso de solubilización o liberación de cobre desde la partícula de una sal insoluble de cobre ocurrirá cada vez que exista agua libre, hasta que la partícula de cobre se desintegre completamente. Estudios realizados por Menkissoglu y Lindow (1991) en cítricos y frejol determinaron vidas medias para el cobre de 45 y 35 días, respectivamente. Esto significa que, para estos casos, 35-45 días después de la aplicación aún queda un 50% del cobre que fue aplicado. Sin embargo, debido a que factores como la lluvia y el viento pueden disminuir la cantidad o alterar la distribución del cobre, o bien, el crecimiento de la planta después de brotación pueden diluir el cobre aplicado, o generar crecimiento sin tratar, es necesario considerar intervalos entre aplicaciones menores, que aseguren cumplir dos conceptos básicos en la efectividad de los cobre: oportunidad y cubrimiento.

Como la acción del cobre ocurre fuera de la planta y de manera preventiva, el cobre debe estar aplicado antes de que se den las condiciones para que ocurra la infección. De esta forma, la oportunidad de aplicación es clave. Por otra parte, es muy importante que la aplicación permita lograr el mejor cubrimiento posible, ya que el patógeno podrá ingresar sin problemas por los sectores desprotegidos. En el caso de la PSA, que es una bacteria endófita, es decir, que es capaz de ingresar a la planta y desarrollarse dentro de ella, basta que ingrese una bacteria para que se desarrolle la enfermedad. Es por esto que los conceptos de oportunidad y cubrimiento van de la mano, especialmente en momentos claves como la cosecha, caída de hojas, ocurrencia de heladas, heridas causadas por la poda y el amarre, etc. Es decir, siempre que existan nuevos sectores desprotegidos y condiciones medioambientales para el desarrollo de la enfermedad, será necesario cubrir adecuada y oportunamente.

Ensayos realizados por INIA La Platina en más de una temporada para el control de PSA, con diferentes fuentes de cobre (hidróxidos, óxidos, oxicloruros y caldo bordelés) han mostrado que todas las fuentes de cobre controlan la enfermedad y no hay diferencias entre ellas. También se ha comprobado que las dosis de cobre utilizadas en el país, a los intervalos aplicados, no son limitantes para el control de la PSA, ya que no ha habido diferencias estadísticas en el control con productos cúpricos al comparar las dosis recomendadas para esta enfermedad y dosis reducidas, considerando intervalos de un mes durante el receso y de quince días a partir de brotación. Por otra parte, si uno compara las dosis kg de cobre metálico/ha/temporada que se usan en otros países para el control de PSA y las usadas en Chile, al menos usamos un 50% más de cobre.

Por lo anterior, sería interesante estudiar si el control de la PSA se ve afectado o no al disminuir (y racionalizar) las dosis de cobre usadas, manteniendo los mismos intervalos de aplicación, ya que no sería recomendable espaciarlos porque en receso ocurren lluvias y heladas, y durante brotación el crecimiento nuevo deber ser protegido.

Por otra parte, dada la amplia oferta de productos cúpricos (activos, concentraciones, formulaciones, marcas, etc.), también resulta interesante verificar los resultados que ha obtenido el INIA durante dos temporadas, que apuntan a que la fuente de cobre no es relevante a la hora de controlar PSA, ya que, como se mencionó anteriormente, a igual aporte de cobre metálico, distintas fuentes de cobre mostraron el mismo efecto. Por esto, en la temporada 2015-16, Agrospec e INIA, diseñaron un ensayo para comparar efectividad en el control de PSA de programas de aplicación basados en distintas fuentes y dosis de cobre.

El ensayo se realizó en un campo de kiwi, var. Hayward (plantado el 2005, 4,5 m x 4 m, parrón español), positivo a Psa, ubicado en la comuna de Longaví, Región del Maule, entre el mes de mayo y diciembre de 2015. Se utilizó un diseño experimental completamente al azar, con 7 tratamientos (4 con hidróxido de cobre, 2 con óxido cuproso más un testigo absoluto) y 4 repeticiones (72 m2/repetición). Se realizaron 9 aplicaciones, desde 80% de caída de hojas hasta botón floral, considerando intervalos de un mes en receso (dosis de invierno, 4 aplicaciones) y de 15 días desde yema algodonosa en adelante (dosis de primavera, 5 aplicaciones), con una motobomba de 25 litros y un mojamiento según la época de 1.000 a 1.200 lts agua/ha.

Se realizaron 4 evaluaciones en brotación y/o floración en el cuadrante central de las 4 plantas de cada repetición, donde se midieron síntomas foliares en 25 hojas por planta elegidas al azar. Se estableció la incidencia (porcentaje de hojas con síntomas) y la severidad (grado de infección en cada hoja) de acuerdo a la escala de notas detallada en el Cuadro 1. Con los datos de severidad se determinó el Índice de Daño (ID), expresado como la sumatoria del número de hojas afectadas por cada categoría multiplicado por su nota y dividido por el total de hojas evaluadas.

Las evaluaciones se realizaron el 26 de octubre de 2015 en botón floral, el 10 de noviembre en estado de pre floración, el 24 de noviembre en plena flor y el 9 de diciembre en fruto cuajado (3 cm). También se determinó incidencia de tizón en flores abiertas o sépalos necróticos durante floración y determinación de fitotoxicidad en el follaje. Para el análisis de datos se realizó un análisis de varianza sobre los valores de incidencia y severidad (Índice de Daño) transformados según la función √n+0.5. Las medias fueron separadas por la prueba de LSD.

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Resultados

Cabe mencionar que durante esta temporada se atrasaron los estados vegetativos respecto a años anteriores, y que durante los meses de mayo a diciembre de 2015 se presentaron condiciones favorables para la bacteria, con frecuentes lluvias, lo que permitió el desarrollo de manchas foliares características de la enfermedad. Sin embargo, no hubo daño en flores con síntomas de tizón, sólo necrosis en pétalos en forma muy incipiente. Los tratamientos de un mismo ingrediente activo, formulación y dosis, pero de distinto producto comercial, no mostraron diferencias estadísticas entre sí, por lo que se muestran como datos promediados para simplificar el análisis.

Como se ve en los resultados de incidencia y severidad, Cuadros 2 y 3 respectivamente, todos los programas en base a cobre mostraron una menor incidencia y severidad de los síntomas de PSA en hojas comparados con el testigo sin aplicaciones, lo que demuestra que el cobre es una buena alternativa para el control preventivo de esta enfermedad. Sin embargo, las distintas fuentes de cobre no tuvieron diferencias estadísticas entre ellas. Tampoco las dosis de cobre metálico aplicadas mostraron tener un resultado diferente, lo que concuerda con lo reportado por investigaciones previas del INIA para esta enfermedad.

Dado que las condiciones de cada temporada y de cada huerto son muy variables y considerando lo agresiva que puede ser esta enfermedad, resulta lógico considerar una disminución moderada y paulatina de la dosis de cobre, que nos permita acercarnos a los usos de cobre metálico/ha planteados en otros países productores de kiwi, sin arriesgar el correcto control de la enfermedad, siempre poniendo énfasis en otros aspectos que condicionan el éxito de los programas fitosanitarios basados en el uso de cobre como son los momentos y la calidad de las aplicaciones, dentro del marco legal establecido por el SAG.

 

Referencias

Husak, V. 2015.

Copper and copper-containing pesticides: metabolism, toxicity and oxidative stress. Journal of Vasyl Stefanyk Precarpathian National University. Vol. 2, No. 1.

Menkissoglu,O. y Lindow, S. E. 1991.

Chemical forms of copper on leaves in relation to the bactericidal activity of cupric hydroxide deposits on plants. phytopathology 81:1263-1270.

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